Jueves, 27 Marzo 2014 00:00

Brainstorming en Camp David

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Cuando las partes han llegado a un callejón sin salida y la búsqueda de alternativas que resuelvan la disputa parece haberse agotado quizás es el momento de plantearse una estrategia de mediación con un uso de recursos más propios del facilitador que del mediador.

En julio del 2000, el Presidente Clinton, en horas bajas de popularidad, asediado por el "escándalo Lewinscky” y necesitado de un golpe de efecto a escala internacional, recibió en su residencia de verano a los negociadores israelíes y palestinos, encabezados por Ehud Barak y Yasser Arafat, respectivamente, para iniciar una nueva ronda de negociaciones de paz con el objetivo de encauzar los incumplidos acuerdos de Oslo del 93.

Inspirado por la actuación de Jimmy Carter como mediador en el conflicto entre Israel y Egipto que dio como resultado el primer tratado de paz entre Israel y un país árabe, Clinton se aprestó a reservarse el mismo papel que su predecesor en los '70. Incluso tomó prestada el nombre de las conversaciones culminadas en 1978 con los Camp David Accords para denominar a los intentos de apaciguar las agitadas aguas en Oriente Medio como Camp David II. Para proseguir con esta ilusión una buena parte de las conversaciones se llevaron a cabo en el pabellón Laurel”, el lugar donde Begin y Sadat se avinieron a conciliar sus posturas.

Conviene, sin embargo, no confiar demasiado en las coincidencias entre ambos procesos. En Camp David I se abordaron fundamentalmente asuntos bilaterales, apartando la cuestión palestina de la discusión, aprovechando un clima de acercamiento entre ambos países y sus dirigentes. Sadat fue el primer mandatario árabe en visitar Israel lo que, en términos prácticos, suponía el reconocimiento del Estado de Israel por Egipto y la sentencia de muerte para Sadat. Las conversaciones en este proceso que venían precedidas por un conflicto bélico agotador para las economías de ambos países perseguían un intercambio de tierra por seguridad, en términos generales. 

En Camp David II se afrontaba un episodio más en la negociación entre israelíes y palestinos. Con asuntos como el reparto de la tierra, el cese de la violencia, la soberanía de Jerusalén, los asentamientos de colonos judíos o el retorno de los refugiados palestinos, la complejidad del momento no invitaba al optimismo y ninguna de las dos partes parecía mostrar gran prisa por la firma de un acuerdo de mínimos. Tampoco ninguna de las partes contaba con el apoyo unánime de sus representados.

Más allá de la sustancia de las negociaciones me resulta interesante fijar la mirada en los recursos empleados por los mediadores en ambos procesos. Así, a Carter se le recuerda al utilizar el procedimiento de texto único como herramienta fundamental para vincular las propuestas de cada una de las partes. A Clinton, por su lado, se le menciona más por la introducción de sesiones de brainstorming en un intento por dotar de aire fresco a las encorsetadas conversaciones anteriores. 

En ambos casos, los mediadores tratan de incluir procedimientos que descubran nuevas perspectivas, introduzcan nuevos asuntos o dirijan el proceso hacia la luz. Asumen un protagonismo en el proceso, proponiendo herramientas para incentivar la producción de propuestas e, incluso, trasladando sus propias ideas a un documento o a una sesión de lluvia de ideas.

Lo que creo que tienen en común ambos procedimientos es la reducción del componente de compromiso. En situaciones donde cualquier gesto o palabra puede ser interpretado como concesión es importante que el mediador sitúe los límites de las herramientas utilizadas cuyo objetivo es el de “facilitar” la producción de nuevas ideas o la aceptación de nuevas perspectivas que no coinciden necesariamente con las mantenidas por las partes.

Así, en el procedimiento de texto único se combate el efecto de devaluación reactiva agrupando los intereses expresados por las partes en una propuesta de solución cuyo origen no se perciba en una de las partes. La ventaja del procedimiento es que cualquiera de las partes puede decidir abandonar este camino o volver a empezar con un nuevo texto sin que su imagen se vea perjudicada. Al fin y al cabo, la ideas contenidas en el documento no son las suyas.

En Camp David II también se utilizó inicialmente el procedimiento de texto único. Sin éxito. El texto presentado por Clinton era percibido como demasiado similar a la perspectiva de una de las partes. En ese momento el mediador, con su credibilidad seriamente amenazada, se vio obligado a recurrir a una estrategia más propia del mundo de la empresa: el brainstorming.

Las sesiones de brainstorming tampoco funcionaron. Pese a llevarse a cabo con tres representantes por cada una de las partes, además de Clinton, y producir algunas ideas valiosas que, en cierta medida, ofrecían nuevos acercamientos a problemas antiguos, el proceso no logró pasar de una primera fase. Llegado el momento de comprometerse con una selección de propuestas los negociadores dieron marcha atrás y finiquitaron el proceso hacia el acuerdo. De hecho, Camp David II es conocido no como un proceso de negociación en si mismo sino como un ejercicio de brainstorming. 

Aunque no hay que atribuir la responsabilidad ni a mediadores ni a las herramientas empleadas es cierto que el resultado de los procesos no pudo ser más dispar. Mientras que, como hemos dicho, el proceso mediado por Carter obtuvo frutos duraderos con la firma del Tratado de Paz entre Israel y Egipto, en Camp David II el fracaso tuvo consecuencias dramáticas con el levantamiento popular conocido por Al-Aqsa Intifada o Segunda Intifada.

 

Para saber más:
La Segunda Intifada. Historia de la Revuelta Palestina. Miguel A. Murado. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo (2006).
The 2000 Camp David Summit, the Clinton Plan, and their Aftermath. Jerusalem Center for Public Affairs.

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Ignacio Martínez Mayoral

Editor en The Negotiation Club y facilitador en divergentia::la oportunidad en la diferencia

www.divergentia.es

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